Con flores, por favor.

Regálame flores. Regalémonos flores.

He llegado a esta conclusión. Creo que no hay mejor regalo que unas flores ¿Por qué?

Para mí, hay varias razones.

La primera es porque nos igualamos todos. No hay ningún cariño o amor que pueda medirse en los tickets. No querré más o menos quien se gaste más. No mediré el valor de un regalo en la cifra de una etiqueta. «Pero hay unas flores más caras que otras», seguro que me dirá más de una persona.

Sí, como en todo. Pero que alguien me diga que una flor es menos perfecta que otra. ¿Cómo se puede superar esa perfección? Un milagro hecho de pétalos, pistilos, corola, cáliz y estigma. ¿Puede haber palabras más hermosas y místicas para crear esa alquimia que son las flores?

Una orquídea es perfecta, pero una amapola, también. Tanto, que sólo puedes verla en su estado natural. Con su rojo escondiéndose en los campos y las laderas del camino. Gotas de sangre salpicando el monte. Su belleza no aguanta en un ramo. A veces pienso que es así, porque esa magia no está hecha para la vida del día a día ni parar mirarnos desde un jarrón.

Y la otra razón por la que creo que me gustan es porque un ramo o una planta es vida. Te están regalando instantes. Si es un ramo, sabes que es algo efímero, que terminará. Que podrás disfrutarlo durante un tiempo. Como esa amapola que coges del campo y ves cómo se va marchitando con demasiada rapidez. Una belleza extraordinaria y breve.

Y por eso, con cada flor nos regalan tiempo. ¿Y qué es lo que más busco? ¿Lo más preciado para mí? Tiempo. Y con unas flores mirándome soy más consciente de lo mucho que necesito cada minuto, cada instante para disfrutarlo. Y si me regalan una flor, me están regalando trocicos de tiempo.

Las flores se marchitarán y nos habrán dejado su compañía hecha perfume y los pétalos marchitados de segundos. Casi como nuestros instantes, nuestros recuerdos. Como nosotros.

Dame el tiempo del carnoso clavel, de la margarita, del lirio o de la sencilla lavanda. O devuélveme el olor de la casa de mis abuelos con una rosa de azafrán.

Pero si nunca llegan los regalos o las flores, no importa. Yo me traeré esos instantes, yo me regalaré la evidencia del tiempo. Porque como dijo Virgina Woolf en voz de la Señora Dalloway: compraré las flores yo misma.

 

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