Anouk

Te fuiste.

Y te marchaste. Cuando cerré la puerta, supe que era un adiós. Supe que ya no volvería a pasar.

En los hoyuelos de mis muslos todavía está guardada tu saliva. Mi piel amasada, supura la nicotina de tus dedos. Trago agua y todavía me sabe a ti. Pero un aguijón en el centro del pecho me ha dicho que no volverá a ocurrir.

Un beso rápido mientras abrías el ascensor será el punto y coma a esta historia nuestra que nunca tuvo nombre, que nunca empezó, así que nunca terminará. Esta historia a la que tú traerás un nuevo personaje. Un cuento demasiado pequeño para tantos nombres. Lo supe, lo sé.

Me acabas de cincelar mi nombre en mi cuello. Lo decías, lo dices, golpeando cada sílaba, paladeando con golpes de aliento. Marcando la k final de mi nombre, dejando que resuene en la cueva de tu boca. Y aun así, con tus caricias recién bordadas en mí, sé que no volverá a ocurrir. Los dos lo sabíamos.

Hemos sido el alivio de luto del otro. Ese gris que sigue al negro antes de volver a los colores, a la vida. Hemos sido las risas y las caricias después del abismo de un desamor.

Nos hemos remachado el alma, reencontrado el sonido de las risas y lamido las lágrimas. Todo a base de besos, confesiones y ensancharme las caderas.

Nos descubrimos en aquel piso, rodeado de amigos de unos y otros. Y nos reconocimos por la mirada caída que sólo tienen los miopes o los que andan con el corazón desconchado o el alma  agrietada. Pedíamos el auxilio de un abrazo, de cosquillas, de risas.

Nos entregamos el uno al otro sin pedir nada. Un amor extremo, puro. Sin definir. Sin principio. Sin título.

Pero tus pestañas siempre permanecerán amarradas a las mías. Tus secretos se quedarán a vivir entre mi pelo. Y tus sueños estarán guardados junto a los míos.

Esta tarde doy clase a las hermanas Bisset. Las niñas repetirán escalas antes de tocar la pequeña partitura de esta semana. Primero, Isabelle, la mayor. Después, Julie, la pequeña. Y a las dos les pediré que repitan la escala. Y que repitan sol y la. Sol. La. Sola.

La soledad sonará y suena hermosa. A piano o sin él. Porque estoy sola, pero no triste. Tengo el corazón acolchado, latiendo y el luto ha caído. Me tengo a mí. A mis sueños, a los tuyos. Y a la vida rellena de cosquillas, revestida de color.

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