Sólo se muere una vez

El refrán dice que sólo se vive una vez, pero siempre he pensado que no es del todo exacto.

Más bien, debería decirse que sólo morimos un día.

En mi caso, creo que siempre fui consciente de la muerte. No sé por qué, ni cómo lo comprendí. Pero de bien niña, sabía que había un momento (o una etapa) del que no se nos hablaba a los más pequeños.

Y cuando supe que eso era la muerte y fui consciente de  que algún día dejaría de existir,  también comprendí que antes que yo hubo miles de niños, de mayores, de ancianos.

En esa misma época, esa consciencia o esa presencia en mi vida, quedó reflejada en uno de esos test que nos hacían en el colegio. «¿La niña es consciente de fin de la vida?», se preguntaban. Sí, lo era. ¿Y cómo lo averigüé? No lo supe, no lo sé. Lo sabía igual que entonces sabía que esas mujeres de tripa hinchada dentro llevaban un bebé y que, de manera mágica, así era cómo llegaba la vida.

Apenas estaba aprendiendo a leer y a escribir, pero me dije que algo tendría que hacer para que los que viniesen detrás de mí, supiesen que yo había existido. No soportaba la idea de que no conociese quiénes habían sido los que ya no estaban en el mundo. Por eso me pasaba el día dibujando. Dibujaba princesas, caballos, flores, casas… Dibujos de una niña de tres años, pero me decía a mí misma que estaba creando algo. Algo que antes no existía y ahora sí. Así sabrían de mi paso. Un saludo desde mi hoy para quien lo viese mañana.

Creo que para mí una simple flor garabateada como Plastidecor era como una pintura de la cueva de Lascaux.

Después de dibujar, me dediqué a inventar historias. Hace poco, recuperé alguno de esos cuentos (más bien comienzo de historias y sin darles un final concreto) y los vi emocionada. No los recordaba así, no me recordaba así. Fue como una máquina del tiempo, como un espejo hecho de Polaroids. En esas historias los protagonistas solían ser niños con grandes sueños y a menudo les pasaba algo trágico o caían enfermos (puede que fuese el drama que envuelve a todos los protagonistas de Disney, ahí estaba).

Inventaba cuentos, dibujaba sin parar… Fabricaba historias, mundos… Algo que antes no estaba y que quedaría, aunque yo no estuviese (al menos, eso me decía yo).

Ya era más mayor, pero seguía siendo niña cuando escuché por primera vez los gritos de la muerte. Estaba en el pueblo. Era verano. Lo recuerdo porque iba en bici y con una mano sujetaba el manillar y también llevaba pesetas para comprarme un helado en el minúsculo ultramarinos que había. Después del helado, cuando todo tenía más silencio que el habitual por la siesta que ocupaba a todo el pueblo, un grito llenó todas las calles.

En un primer momento me asusté pensando que un coche se había llevado por delante a uno de los niños, que como yo, nos dejábamos caer por las cuestas en bicicleta. El susto siguió cuando los gritos llegaron justo de la casa de al lado de la mía.

El hablador abuelo de la casa de al lado se había marchado. Todavía le recuerdo tomando la fresca en la puerta de la casa. O caminando despacio dejándose caer en su bastón y con su boina guardándole las ideas.

Pero también recuerdo a mi abuela que, horas después de que esos gritos rompiesen todo,  le decía al difunto y a sí misma: «¿Quién me iba a decir que iba a ser yo la que te tuviese que amortajar?».  Así me reafirmé en que la muerte hace que el mundo se paralice (y sí, recapacité que el acto de amortajar tuviese amor entre sus letras, puede que el último acto de cariño, arreglando al que se acababa de ir).  Y supe que los gritos llegan para después llenar de silencio un día. Porque nadie más habló, las bicis pararon y los perros dejaron de aullar a la muerte.

Un día y  todo cambia. Ya no hay vuelta atrás. No se puede dar la vuelta al reloj de arena.

Sólo se muere una vez, pero, en cambio, sí se vive todos los días.

Se vive todos los días y de todas las formas que se quiera intentar.

Y es que, ¿cuántas vidas podemos vivir? ¿Cuántas veces podemos reinventarnos o renacer?

Podemos dar un giro a nuestra vida, podemos cambiar de forma de pensar, de sentir.

Podemos pensar en todos los días vividos o pensarlo como los días que nos queden antes de morir.

Yo prefiero pensar que cada día es para vivirlo y para amarlo. Para sumar días, minutos e instantes de risas, de emociones y de decisiones.

Vivir antes de que lleguen esas flores cortadas con guadaña, que se tiñen de duelo y se riegan con llanto.

No terminemos con la vida antes de que no sea posible volver a girar el reloj de arena.

Porque sólo se muere una vez, pero se vive todos los días.

 

Aunque no nos muriéramos al morirnos,
le va bien a ese trance la palabra: Muerte.

Muerte es que no nos miren los que amamos,
muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.

Gloria Fuertes

4 comentarios en “Sólo se muere una vez

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