Saint-Gervais

Matilde tiene la mirada triste que se le queda a quien vive con el corazón remachado. Aunque sonríe, aunque los ojos le brillan, su mirada está empapada de otoño.

Ella lo sabe. Sabe que el pecho lo tiene mullido de hojas de olmo. De ese olmo de Saint-Gervais. Y por su cuerpo corre la savia roja de ese árbol que descubrió un otoño en París.

Fue ése el mes en el que se le astilló el alma y todavía hoy se le siguen escapando sus pedazos en forma de huesos picudos.

Pasó hace años. Antes de que a Matilde el pelo se le volviese nieve, pero bastante después de que llegasen las primeras arrugas alrededor de sus ojos. Como zanjas del campo que llevan el agua, a ella las arrugas le marcaban el curso del llanto y del sudor por la cara.

Ha vuelto a París después varias veces. Pero ya no le sabe igual. Ni los paseos, ni el viento, ni los jardines. Tampoco es el mismo Sena, porque como ella misma dice: «Ya no me devuelve el mismo reflejo. Ya no soy la que fui».

Matilde recuerda el París de ese otoño en el que el cielo se incendiaba para ella en cada atardecer. En el que las llamas reflejadas en el río subían hasta Notre Dame. Y ahí, en esas escaleras que terminaban en las aguas del río, bajo el amparo de Nuestra Señora y con la noche como refugio, se besaban. Con la marejada del vino todavía en su boca, con el olor a humedad y a puente viejo. Ella y el amparo de la noche, el amparo de París, ella y su Amparo.

No sólo las arrugan habían empezado a cincelarle caminos alrededor de los ojos. También el cuerpo le estaba cambiando. Y las noches de ese otoño (y las mañanas que le seguían) le ayudaron a reconocer sus curvas. Las nuevas y las que nunca antes había aprendido a apreciar.

Matilde recuerda ese otoño y le llega olor a sábanas limpias de hotel, a mantequilla, al vino sobre su blusa, a su perfume, a la calefacción, al humo que dejó el taxi con el que se marchó.

Recordaba la hierba encharcada de lluvia los Campos de Marte porque «¿A qué otro sitio ir si no es aMarte, le decía a Matilde. Pero le duraron poco esas ganas de amar.

Ese fue su otoño. Después, comenzó su invierno por dentro. No echaba de menos sus veranos de juventud con la dulzura de esos años. Su felicidad llegó en esas tardes de otoño, en ese comienzo del crepúsculo de su vida.

Y, junto a su maleta, dejó olvidada una parte de sí misma. Y le cogió gusto a la tristeza y a sentir esas hojas de olmo crujiéndole en el pecho. A recordar una y otra vez su boca recibiendo la marea de vino que llegaba al abrirse la compuerta de los labios.

Por eso vuelve a París. A pasear de nuevo entre los grandes bulevares, a sonrojarse por Pigalle, a encontrarse con Saint-Gervais. A buscarse en cada paso, en cada acuarela, en el reflejo del Sena y no encontrarse. A buscar a su Amparo y no encontrarla.

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