A 30 km/hora

Piensa en una gota de lluvia.

Recién parida por una nube. Una nube grandiosa, repleta, gris de la tormenta más oscura.

Una lágrima de lluvia viendo el mundo como nadie nunca lo podrá ver.

Piensa en esa gota caer. Con el viento azuzándola. Sin vértigo. Viendo su fin cada vez más cerca. Cayendo a treinta kilómetros por hora.

Y esa misma gota por fin llega y se estrella contra el suelo. Se deshace, se transforma.

Pues así me sentí después de conocer ese nombre. Después de ese hasta luego. Después de esa puerta cerrándose. Después del sonido del ascensor.

Ni un proyectil en el pecho, ni la rotura en mil pedazos, ni el ahogo del alma.

Como una gota derribada a treinta kilómetros por hora.  Ese dolor sentí.

Mi alma esparcida, reventada contra el suelo.

Pero como el agua hace, creo que me transformé después de ese extremo dolor, después de ese choque a treinta kilómetros por hora desde más arriba del cielo.

Caída libre.

Libre.

 

Imagen: Pexels

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