Hija de una diosa (o el segundo nacer)

El calor volvía a ser insoportable, pero no era un calor picajoso. Era una capa húmeda  y caliente que creo que sólo crece en Japón durante el verano. Los semi todavía no cricaban, pero ya me los imaginaba calentando para salir a actuar.

Durante un rato habíamos estado aliviados del calor. ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Ocho? A mí se me hizo eterno. Fue en el vientre de una diosa.

O al menos, eso dicen. El vientre de la madre de Buda. Bajo el templo de salón Zuigudo, una cueva se adentra en las laderas del monte.

En la oscuridad más profunda que recuerdo (aunque imagino que todos vivimos unos meses en una oscuridad así), me encorvaba y caminaba despacio, agarrándome de esas cuentas junto a la pared.

El túnel era estrecho (o al menos así lo sentía) y tan oscuro que no me avergüenza decir que tenía miedo. Sabía que llegaría el final, pero sí, tenía miedo. Hubo un momento que todo se agrandó y atisbé la piedra a la que, según dicen, debes rodear para que tu deseo se cumpla. No sé si llegué a hacerlo, si lo hice bien o mal. Sólo recuerdo que poco después volví a un túnel y  comencé a ver la luz. Tal vez por eso dicen que es una peregrinación al útero, que  te das a luz. Mejor dicho, que la cueva te da a luz. Vuelves a nacer por el vientre de la madre de Buda.

Y puede que sí, porque después del miedo a esa oscuridad, llegó esa luz cegadora. Imagino que algo así pasó al principio, eso debimos sentir en el primer parto que nos dio la vida.

A unos pasos, llegamos hasta Kiyomizudera  y nos agolpamos bajo el techo evitando el sol. Entre los cánticos, los pasos descalzos y el humo del incienso llenándolo todo, escuché un desplome que retumbó por todo el templo y por mis huesos: era un hombre que había caído al suelo. En medio de tanta espiritualidad me sorprendió ver un cuerpo tan mortal.

Pero el anciano se levantó y, como si no hubiese pasado nada y sin aceptar ayuda, se marchó.

¿Él habría vuelto a nacer por esa vagina de piedra como yo acababa de hacer? ¿Sería también hijo de un lugar sagrado tocado por la fe  y la divinidad? Porque,  si he estado en ese vientre de piedra y he salido de él, algo de divino debe haber en mi segundo nacimiento. Puede que ahora también sea hija de una diosa. Un parto sin sangre y sin dolor aparente, pero tal vez un parto que me calmase la sangre y acariciara los dolores del alma.

Cuando el hombre se marchó, me acordé de que unos años atrás, en mi segundo paseo por tierras niponas, también un hombre se desplomó delante de mí en Kioto. Aunque esa vez hubo sangre, más mortalidad y más barullo. ¿Será que en esa ciudad al estar tan cerca de lo espiritual en más fácil que se te escape el espíritu del cuerpo?

¿La carne y lo divino se unirán ahí?

Puede que cuando el barrio de Gion comienza a iluminarse y las luces de las casas parecen estrellas flotando sobre el río Kamo, los espíritus comiencen a llenar la ciudad (sí, como en El viaje de Chihiro) y, entre tanto barullo, se cuelen dioses y ánimas entre cuerpos que no deban.

Tal vez.

No lo sé.

No sé nada en realidad.

Sólo sé y puedo afirmar que con el humo del incienso todavía pegado a mis muñecas y mirando a Kioto desde arriba,  a sus laderas de bosque infinito, a los templos salpicando cada esquina y a las selvas de bambú me sentí recién nacida.

Parida por lo eterno y con el alma con olor a loto, a nenúfar, a té y a agua. Hija de una diosa.

 

Imagen: Pexels

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