Un café, por favor

Hagamos el amor, el nuestro, como se hace el café:

Bien cargado, dulce y que nos despierte.

Será negro por la noche que nos cubre. Nuestra cama, la porcelana. Y yo ocultaré la amargura que nos dejó el desamor pasado con un dulzor que quedará esparcido como dos cucharadas de azúcar que se desbordan.

El negro café ya no será sólo el color de tus ojos o el del antídoto a mis horas labradas, será el de nuestras noches y el del engranaje de los sueños. E igual que el café te deja el sabor abrazado a la lengua, yo me quedaré amarrada a tus lunares e hilvanada a tus pestañas.

Y cuando escuchemos a desconocidos reclamarse cafés con los que hablar de la vida, pensaremos que es nuestro amor que se está expandiendo, que rebosa.

Un amor intenso, caliente y del negro más profundo.

Marea

Se mecen mis caderas como el vaivén de las olas.

La tormenta ha sacudido mi cuerpo (columna, pies y entrañas), pero ahora la calma llega a este océano que llamas sábanas.

Se me han ensanchado las caderas, como cuando se abre un lirio sobre su cama de agua.

Y mi alma gotea, se escurre. Con olor a ese agua de lirio, a salitre y a coral rojo.

La tormenta me ha dejado su marca en los labios y la piel en alma viva, pero no importa.

Ahora camino con el paso arrastrado que deja la marea.

Nadie sabe que he sido la reina de un océano de algodón arrugado.

Que la tormenta ha caído en la cama y nos hemos vuelto rompeolas.

Y que no había luna en este techo y que no somos agua, pero hemos bailado hechos marea.

 

Imagen: Pexels

Claveles en la boca

No me dices te quieros.

Tú los haces.

Porque me quieres con tus guiños en silencio,

porque se te escurre cariño por esos ojos del mar negro.

Porque ya no duermo (y tú tampoco), si no me acaricias el muslo izquierdo después del buenas noches.

No me dices te quieros,

pero me besas las ideas

y me abrazas el futuro.

Camino sola, no necesito de tu mano para andar,

pero sé que estás cerca por si tropiezo y tienes que soplarme la pena y la herida.

Y decirme que los sueños no se rompen.

Cuando me amasas la piel creo que se me vuelve tierra.

Porque no hay otra explicación a lo que siento:

Me trepan las flores desde las entrañas, donde tengo las raíces agarradas.

Los claveles se me revientan en la boca y el rocío me gotea por los ojos cada mañana.

Todo me sabe a lluvia y me huele a norte.

Tengo el alma de otoño, pero me estás sacando olor a primavera.

Fotografía: Pexels

Luna

Miro al cielo y veo a una nube parir una luna hermosa, redonda y blanca como una hostia consagrada.

Y abro la boca y ofrezco mi lengua al cielo para que mi paladar toque al astro, pero no puedo tener una comunión celeste.

Porque no nací de la tormenta.

Nací de carne y de sangre, de amor y dolor.

Por eso he de comulgar en cuerpo, en piel y en sudor.

Pero aunque soy mediocre, aunque soy nadie, aunque soy nada, puedo decir que he visto nacer a la luna.

Parida de una nube preñada, grande y oscura. Mírala, orgullosa y reina del mundo.

Ha venido para iluminarnos, para bañarnos de luz.

Ha venido para salvarme de mi mirada vulgar.

Imagen: Pexels

Niebla

Dijo adiós y siguió andando. La niebla era espesa. Blanca. Pesada. La atravesaba dando pasos pequeños. No veía dónde iba.

A veces, olía a asfalto mojado. Otros pasos, eran hierba húmeda y mullida. Y ella caminaba con esa ceguera blanca poniendo las manos por delante para no chocarse.
A veces, sentía que alguien pasaba cerca de ella. Una sombra blanca, otro paso tímido, otro paso rápido.

Ella miraba de un lado a otro, pero estaba perdida. Los ojos le dolían y la respiración se le volvía agua que le iba mojando poco a poco.
Buscaba el camino y no lo encontraba. Buscaba los pasos que había dado, pero no dejaban huella.

Se quedó quieta pensando en el salvador al que había dejado pasos atrás. Su lengua era como una hostia sagrada y todo lo que emanaba de él era un vino bendito. Le había dejado la piel lamida, el alma purificada saliéndole de entre las piernas y moratones por dentro del pecho. Gracias a él, las caderas las tenía satisfechas, pero con cada paso le sonaban los añicos de cariño roto.

Quiso llamarle, pero la niebla se le había acomodado en la garganta.

Quiso llorarle, pero se le formó escarcha en los ojos.

Se tumbó mirando a ese cielo blanco. A esa niebla infinita. Las piedras del suelo le recorrían la espalda, pero no sabía diferenciar el cielo del suelo. Y rezó. No a un dios ni a dioses. Se le escaparon plegarias a ese salvador de carne y aliento. Que volviera. Que su lengua sagrada le tocase. Que le bendijese como él lo hacía, pero no llegó.

Y ella se quedó dormida.

Y esa escarcha, que le había cubierto los ojos, la llenó por entero.

Y supo que no había mesías. Que su lengua deseada no era sagrada.

Y supo que ella misma era su salvadora.

La niebla la arropó. Fría. Blanca. Espesa.

 

Imagen: Pexels

Lo buscó entre sus pestañas

Lo buscó entre sus pestañas, pero ahí no estaba. Removió el aire, deshizo sus pasos y se miró en el espejo por si se le había quedado agarrado a la piel. Nada. No apareció. Pensó que tal vez lo había guardado sin querer. Así que abrió todos los armarios, cajones, cajas y estanterías de su diminuta casa. No lo encontró entre los manteles de lino. Ni en el congelador. Tampoco detrás de los cuadros. Ni tumbado al sol al lado de los geranios del balcón.

Ya habían pasado horas desde que se escapó y el arrastre de las saetas se le hacía terriblemente insoportable. En un intento desesperado quiso verlo en el zumbido de la mosca puñetera (la que se había colado en la casa esa mañana), en el olor a fritanga de la cocina y en los botes de especias de colores, pero seguía sin aparecer.
Se le empezaron a caer lágrimas gordas, de las que vienen con arrugamiento de barbilla, pero siguió buscando. Ahí y allá. De nuevo, se puso frente al espejo y abriendo la boca miró a ver si se le había quedado atascado en algún diente, abrazado a la lengua o pegado al paladar. Ni rastro. Ni sabor en la saliva ni en el aliento de después.

Aquel suspiro se le había escapado demasiado bien.

 

Imagen: Pexels

Diario de insomnio

Confieso que me amputo el pelo porque no duele. Porque algo de mí es destruido y vuelve a renacer. Porque no es irreversible. Por eso duermo con un gorro, para que las ideas no se me escapen. Para que los sueños fabricados no se me vayan como suspiros.

Confieso que me cincelo estrías en mi cuerpo como quien marca cada día que pasa. Porque mi cuerpo se vuelve un mapa de viaje, un diario. Mi piel queda como un papel arrugado que no puede volver a alisarse.

Confieso que tecleo porque, a veces, se me inunda el pecho de las cosas que no sé explicar. Porque me ahogo en frases calladas, en sensaciones silenciadas. Porque a veces quiero llorar cuando algo es tan bonito que no lo puedo decir.

Pero ven, por favor. Dame la mano. Ayúdame a no caer. Que el mundo va a una velocidad diferente a la mía. Que no quiero parpadear y perderme algo o perderme yo. Que estoy sola en un vendaval. Dame la mano y vayamos al norte, que el frío nos queme. Nos despierte. Nos haga temblar. Yo seré el mapa. Tú serás la brújula.

Pero ven, por favor. Dame la mano y sácame palabras. Dime que todo está bien. Que a ti te pasa lo mismo. Tatúame las líneas que te salgan.

Pero ven, por favor. Abrázame sin prisa. Fóllame fuerte. Cómeme el alma. Pégame tu lengua. Que mis manos son pequeñas y necesito que sean las tuyas las que me toquen.
Pero ven. Y cuéntame lo callado. Cuéntame los lunares. Cuéntame los días. Cuéntame los pasos.

Porque ahora el frío no me quema, no me despierta. Porque me amputo el pelo. Me cincelo estrías. Me tambaleo en el vendaval.

Porque a veces soy nada. Porque a veces soy nadie. Porque los sueños se me escapan mientras respiro.

Fotografía: Beatriz Emperatriz

Humo

El querer siempre me había llegado con olor a humo.

Siempre me habían dejado la piel amasada con dedos de nicotina.

Los besos me dejaban tabaco en los labios y las despedidas estaban tapadas por una capa de humo, así me parecían más confusas, más borrosas.

Nunca terminaba de olvidar, porque el tabaco se había quedado abrazado a mi pelo, escondido en las esquinas del dormitorio y las colillas yacían en algún cenicero como el cadáver de un amor que no pudo ser.

Hasta que llegaste y no trajiste sabor a tabaco en tus labios.

Porque me sabes a dulce, a Nesquick frío (un vaso de los de mañana de verano) y a picante que se me queda en la punta de la lengua.

Y ya no se me queda la nicotina cosida a la piel. Porque me amasas la piel con tus manos de sal. Con el mismo cariño que se le da forma a la arcilla, con la misma fuerza que se amasa el pan.

Y me enseñaste que el querer no duele en el pecho. Que ese pinchazo en el corazón al despertar no era amor y ya tengo el alma hinchada, las caderas felices y los sueños titilando.

Respiro y no duele el corazón, no huele a humo atrapado en las esquinas ni es las costillas. Huele a mañana de domingo, a la sal de tus recodos, a la lluvia a punto de romper dentro de mí.

Aleteo

He aprendido a vivir con un aleteo en mi pecho.

Mejor dicho, a sobrevivir con él.

El revoloteo sobre mis costillas no me deja dormir y cada día siento que la batida de las alas es más grande que la de ayer.

Suele ser un gorrión el que hace el nido entre mis pulmones.

Mi cuerpo es su jaula y lo único que quiere es salir de mí.

Por eso golpea con fuerza y llega a picotear rápido y profundo hasta llegar al corazón.

A veces quiero llorar por el daño que me hace, pero también por sentirle encerrado.

Sólo quiero que el gorrión vuele libre, que abandone el nido que se ha hecho con mis miedos bañados en cortisol.

El aleteo del gorrión es constante, pero, en ocasiones, también llega un buitre carroñero dispuesto a merendar mis sueños putrefactos y mi rutina hilvanada.

Y ahí siento que la jaula va a romperse, pero no saldrá el gorrión volando libre. Saldrá el buitre con mi alma resbalándole de su pico.

Por eso hago fuerte mi jaula, hago fuerte mi coraza para que el buitre no me destruya.

Pero el pequeño gorrión sigue atrapado, golpeando sus alas contra la jaula. ¿No lo oyes? Su aleteo es fuerte, es desesperado.

Por eso mis manos tiemblan, por eso mi ojo parpadea.

Y yo inspiro y expiro, buscando que el gorrión sea libre.

Ojalá encuentre el camino por mi pecho y termine huyendo por mi boca. Así se me quedará en la lengua el sabor de la libertad.

 

 

Imagen: Pexels