De tu mirada a la mía

He dejado un reguero de estrellas de tu mirada a la mía.

«Lágrimas», dirán algunos.

«Estrellas fugaces», me susurras tú.

En los pliegues de las calles nos hacemos cíclopes, nos lazamos la respiración, nos rascamos las ganas.

«Se besan», dirán algunos al vernos.

«Un vals en el aire, volver a casa después de un viaje, un alud derrumbándose dentro de mí», les gritaré yo.

 

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Tenemos un poema

Ojalá pudiese correr por las líneas de mi mano.

Llegar hasta el acantilado que marca el principio y volver al precipicio del fin.

Una bocanada de eternidad, respirar nebulosas.

Ojalá esos surcos fuesen de campo labrado.

Que mi carne fuese tierra fértil y húmeda para encharcarme de lluvia y que las zanjas se me empaparan de vida.

Ojalá pudiese caminar hacia delante y hacia atrás por esas autopistas de tiempo.

Pero no iría al futuro, tampoco al pasado. Me quedaría en hoy. En este presente eterno al que ya estamos condenados.

Y así podría volver a esta mañana, que sería perpetua, y antes de la ducha me hilvanaría a tu pelo, memorizaría las constelaciones de tu cuerpo y podría repetirte una y otra vez:

«Tienes razón, tenemos un poema».

 

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