Tiempo

Solamente puedo decirte que:

  • Se pide tiempo, pero no creas que para curar la herida. Porque el tiempo ni es magia ni medicina. Pero no te preocupes, todo pasará. Da puntadas para cerrar la herida a la brava, para dejar una cicatriz a la que mirar y remirar como si fuese herida de guerra, trinchera de vida.
  • No te quedes inmóvil frente al acantilado. Al vértigo, pídele alas. Al miedo, búscale un empuje. Como cuando de niña yo pedía un primer empujón en el columpio, pero terminaba saltando sobre la arena. Sabía que no podía volar, pero aprendí a lanzarme y a caer.
  • No te pierdas, pon una hebra de tu pelo atada a tu paso para encontrar el camino de regreso cuando quieras. Pero empieza el viaje: a la vuelta de la esquina, al fin del mundo o a la tercera estrella a la derecha. ¡Pero hazlo, joder!
  • Sí, también jode, pero sólo con ganas. Que sea un roce con derecho, nunca pidiendo un derecho a rozar. Porque no se ordena el cariño, la caricia o la saliva. Eso llega tras una mirada, un susurro o una mano que guía y aprueba.
  • Y, por favor, no digas que sólo quieres tiempo. Porque nadie es dueño de él, pero, a la vez, todos lo tenemos. Igual que el aire, que la tierra que se te abraza a los pies o  igual que la sal que se pega en el cuerpo al salir del mar. Aunque no es de nadie, ese grano de salitre te ha elegido a ti para conocer el aire y el sol.

Así que date tiempo, el tuyo y el de nadie, para que la herida cicatrice, pero después sube al columpio y da el primer empujón. El viaje ya está en marcha (a pie, a letra y a llanto). Tráeme souvenirs de tu camino: miedos escarchados, tragos de violetas azules y mañanas en alma viva. Y acuérdate de enviarme una carta silbándome tus pasos o ven, amárrate tu hebra de pelo y báilame los paisajes de tu viaje, de tu trinchera.

 

Imagen: Pexels

 

Mañana

Por fin he comprendido que nunca habrá un mañana.
Porque al despertar volverá a ser un hoy.

Ese mañana del que nos hablan, nunca lo tendré ni podré nombrarme en él.
Y corremos detrás de él como un perro persigue a su presa, tan cegado por el ansia y su instinto, que no ve el terraplén por el que va a caer.
Buscamos llegar a ese mañana, como cuando de niña me ponía de puntillas y estiraba los
brazos tratando de cazar estrellas fugaces.

Y el mañana nunca será. Porque vivimos en un presente eterno, cíclico. Nunca nos hablaremos en futuro, al igual que no podemos destachar el calendario ni existe el deshablar.
Porque el pasado no se deshace igual que al futuro no se llega.

Estamos atrapados en una habitación y la puerta por la que entramos es el pasado, cerrada con llave desde fuera. Y el mañana no es más que una ventana desde la que podemos mirar, pero no abrir.

¿Pasará lo mismo con los sueños? ¿Serán como las estelas que atraviesan el cielo? ¿Podremos señalarlas, pero no tocarlas con la punta de los dedos?

¿Somos los perros galopando por atrapar a su presa? ¿Cegados por el deseo y con la sangre latiendo en nuestras sienes? Yo me he parado empapada en sudor, con el aliento seco y el alma sedienta.

Porque no alcanzo los sueños y he comprendido que mañana nunca llegará.

Estoy atrapada en esta habitación, en este presente. Pero a puñetazos he roto el cristal de la ventana, para que llegue el aire limpio del mañana. Huele a tormenta.

Y me quedo en esta habitación, en esta casa. ¿Por qué no es acaso nuestro instinto buscar un hogar? ¿No se siente el amor como volver a casa? Y ya estoy, ya lo tengo en este presente eterno con olor a la lluvia que traen los sueños.

 

 

Imagen: Pexels

Con flores, por favor.

Regálame flores. Regalémonos flores.

He llegado a esta conclusión. Creo que no hay mejor regalo que unas flores ¿Por qué?

Para mí, hay varias razones.

La primera es porque nos igualamos todos. No hay ningún cariño o amor que pueda medirse en los tickets. No querré más o menos quien se gaste más. No mediré el valor de un regalo en la cifra de una etiqueta. «Pero hay unas flores más caras que otras», seguro que me dirá más de una persona.

Sí, como en todo. Pero que alguien me diga que una flor es menos perfecta que otra. ¿Cómo se puede superar esa perfección? Un milagro hecho de pétalos, pistilos, corola, cáliz y estigma. ¿Puede haber palabras más hermosas y místicas para crear esa alquimia que son las flores?

Una orquídea es perfecta, pero una amapola, también. Tanto, que sólo puedes verla en su estado natural. Con su rojo escondiéndose en los campos y las laderas del camino. Gotas de sangre salpicando el monte. Su belleza no aguanta en un ramo. A veces pienso que es así, porque esa magia no está hecha para la vida del día a día ni parar mirarnos desde un jarrón.

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