Sólo se muere una vez

El refrán dice que sólo se vive una vez, pero siempre he pensado que no es del todo exacto.

Más bien, debería decirse que sólo morimos un día.

En mi caso, creo que siempre fui consciente de la muerte. No sé por qué, ni cómo lo comprendí. Pero de bien niña, sabía que había un momento (o una etapa) del que no se nos hablaba a los más pequeños.

Y cuando supe que eso era la muerte y fui consciente de  que algún día dejaría de existir,  también comprendí que antes que yo hubo miles de niños, de mayores, de ancianos.

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Sirena de tierra

Era una sirena.

Vestida con pantalones y calzando zapatillas, pero era una sirena.

Porque de tanto llorar el cuerpo se le envolvió en sal.

Lo que cocinaba se volvía salino. Amasaba el pan y se le llenaba de cristales.

Pasó demasiado tiempo sin sentir el sabor dulzón en su lengua. Mordió fruta, besó piel dulce y lamió risas lamineras. Pero nada. Tenía las lágrimas recorriendo sus venas, inundando sus pestañas y empapándole las vísceras.

Buceaba la ciudad en las líneas de metro. Con cada brazada rompía las horas, apuñalaba los días y mordía la rutina tratando de ganarle, pero el peso de las manecillas del reloj que marcaba su tiempo pesaba y dolía demasiado. Se hundía más y más. La sirena no llegaba a la superficie. El ancla le arrastraba, le tiraba, le arañaba.

Y un día se miró en el espejo y le costó encontrarse. Apestaba a coral y tenía los brazos cansados de nadar a contracorriente y remolcar algas a su paso.

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En el bosque

Llegó al claro del bosque. La luz roja del atardecer apenas se escapaba de entre los árboles, tan altos, tan vivos y testigos de esa muerte. La lluvia de unas horas había dejado el aire empapado y con un ambiente infecto de ese frío que reboza los huesos. No sólo olía a barro y a hojarasca mojada, también a la sangre todavía caliente.

No se escuchaban ni los desvergonzados trinos de los mirlos, ni las tímidas pisadas de ardillas o ratones.

Algo le había dicho que volviese pronto.  Y ese algo tenía razón.

Arropado por esa manta pesada de humedad, se encontró a su pequeño abierto. Ni siquiera había llegado a presenciar su último aliento. Se lanzó sobre ese cuerpo pequeño, le quiso dar calor, pero de nada servía. Se llenó su cuerpo de esa sangre, que era también de ella. Le olía a óxido, a barro y a lavanda, olor a muerte.

Le lamió, metió la nariz entre sus heridas. Demasiadas. Quien lo hizo había disfrutado. Ese cuerpo tan pequeño estaba despedazado y sus vísceras escapaban. Y un instinto se apoderó de ella. Olió por última vez a su pequeño, se llenó la nariz y la boca de su sangre y corrió detrás del que lo había hecho.

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Anouk

Te fuiste.

Y te marchaste. Cuando cerré la puerta, supe que era un adiós. Supe que ya no volvería a pasar.

En los hoyuelos de mis muslos todavía está guardada tu saliva. Mi piel amasada, supura la nicotina de tus dedos. Trago agua y todavía me sabe a ti. Pero un aguijón en el centro del pecho me ha dicho que no volverá a ocurrir.

Un beso rápido mientras abrías el ascensor será el punto y coma a esta historia nuestra que nunca tuvo nombre, que nunca empezó, así que nunca terminará. Esta historia a la que tú traerás un nuevo personaje. Un cuento demasiado pequeño para tantos nombres. Lo supe, lo sé.

Me acabas de cincelar mi nombre en mi cuello. Lo decías, lo dices, golpeando cada sílaba, paladeando con golpes de aliento. Marcando la k final de mi nombre, dejando que resuene en la cueva de tu boca. Y aun así, con tus caricias recién bordadas en mí, sé que no volverá a ocurrir. Los dos lo sabíamos.

Hemos sido el alivio de luto del otro. Ese gris que sigue al negro antes de volver a los colores, a la vida. Hemos sido las risas y las caricias después del abismo de un desamor.

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Mi mar de trigo

Hoy la maestra Elvira nos ha explicado cómo es el mar.

Ella lo vio hace unos años, en un pueblo de Valencia, cuando fue al entierro de una tía. Dice que cuando descubrió el mar, la pena del luto se le mezcló con lo que veía y se le hizo un nudo en el pecho, una garra que no le soltaba. Yo me imaginé un nudo hecho de cuerda y una garra de lobo y ese pensamiento me rasgó por dentro. Dijo que esa sensación era como el desamor y que por eso hay tantos poemas a la mar y a desamar. Yo no quiero que me pase eso, así que no me enamoraré y no creo que tampoco llegue a ver nunca el mar.

La maestra Elvira dice que mirando al mar la vista se pierde, que no puedes ver dónde empieza el cielo y dónde termina el agua. «Como si el horizonte desapareciese. Como si el cielo bajase al mundo», nos ha dicho.

Yo no termino de entenderlo y no sé cómo de pecado puede ser lo que nos cuenta, porque si el cielo baja no sé si tendrá que ver con Dios, con los ángeles, con los santos o con las monjas y el Padre Tomás, el cura de pueblo. Así que mejor no diré a los mayores estas cosas que nos ha contado la maestra. Porque no quiero que le pase nada, me gusta la maestra Elvira.

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Con flores, por favor.

Regálame flores. Regalémonos flores.

He llegado a esta conclusión. Creo que no hay mejor regalo que unas flores ¿Por qué?

Para mí, hay varias razones.

La primera es porque nos igualamos todos. No hay ningún cariño o amor que pueda medirse en los tickets. No querré más o menos quien se gaste más. No mediré el valor de un regalo en la cifra de una etiqueta. «Pero hay unas flores más caras que otras», seguro que me dirá más de una persona.

Sí, como en todo. Pero que alguien me diga que una flor es menos perfecta que otra. ¿Cómo se puede superar esa perfección? Un milagro hecho de pétalos, pistilos, corola, cáliz y estigma. ¿Puede haber palabras más hermosas y místicas para crear esa alquimia que son las flores?

Una orquídea es perfecta, pero una amapola, también. Tanto, que sólo puedes verla en su estado natural. Con su rojo escondiéndose en los campos y las laderas del camino. Gotas de sangre salpicando el monte. Su belleza no aguanta en un ramo. A veces pienso que es así, porque esa magia no está hecha para la vida del día a día ni parar mirarnos desde un jarrón.

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Feliz Año Nuevo (en febrero)

Antes de empezar por aquí, me gustaría aclarar algo. Yo no soy de propósitos de Año Nuevo. Tanto, que ya no es ni Año Nuevo. De hecho, para mí el nuevo año sigue empezando en septiembre. Será por culpa de mis recuerdos anclados, pero yo la llegada de un nuevo año o de una nueva etapa no la asocio con las uvas ni el confeti. Para mí tiene olor a forro de libros, cuadernos a estrenar y calcetines azul marino nuevos.

Por eso, no he querido tomarme esto como un propósito de Año Nuevo porque esos, seamos sinceros, no se cumplen. Al menos yo, que arrastro mi propósito de mejorar inglés y sacarme el jodido carnet desde casi ese tiempo de los calcetines del uniforme. Pero aquí estoy, rompiendo este nuevo espacio en blanco y, casualmente, a un paso del Año Nuevo chino.

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