Chavela

La Llorona empezó siendo la Cebolleta. La llamaban así los niños del barrio. «Todavía huele a la Cebolleta», decían por la mañana. Y siguiendo el rastro se asomaban a la ventana de la cocina. Ahí estaba, y seguiría estando días y noches, la Llorona con su berrinche crónico.

Aprendió a andar entre los pucheros del restaurante. Su madre le hacía repasar la lección mientras pelaba las patatas. Y recuerda el día que, con doce años, le quitaron la mayonesa de las manos. «Hoy eres mujer y si la tocas, la estropeas», le explicó su madre con las mejillas abochornadas. Avergonzada, con esa sangre entre las piernas, la Llorona se escondió en un rincón a cortar cebolla. La mezcló con pimentón, del mismo rojo que se le escapaba; con la albahaca y pimienta molida; tomate verde y aceite de oliva. Fue entonces cuando la Llorona empezó su berrinche. La cebolla se le metió por la nariz y le dejó llorar por primera vez. Así echó todo fuera y se limpió. Parte del lloro se le escurrió en la salsa. La sal exacta.

Cuando el plato llegó al comedor, aquel hombre rechoncho se llevó la salsa de La Llorona a la boca. Nunca había probado nada igual. Se le escaparon lágrimas de placer y pidió repetir, sólo la salsa y pan. Un plato a rebosar. Después de dejar el plato limpio hizo que llevaran a la Llorona hasta él. «Es la mejor comida que he relamido nunca, niña», le dijo el hombre rechoncho, todavía con lloriqueo en las ojeras.

Fue entonces cuando empezó a ser para todos la Cebolleta. Condenada a preparar esa misma salsa una y otra vez. El olor a cebolla se le quedó en el pelo, en las axilas y hasta en las pestañas. «¡La Cebolleta! ¡Ahí viene la niña cebolla!», le gritaban. Sus padres se apenaban de la niña. Hicieron trucos para quitarle el llanto, pero aunque en principio funcionaba, la cebolla enseguida engañaba y la niña volvía al berrinche, así que todos los cocineros intentaron preparar la receta. Pero a nadie le salía igual, todos los clientes pedían que fuera la niña quien cocinara aquella salsa de pobres.

Pero el olor a cebolla no sólo le hacía llorar a ella. Ese perfume se le había colado tan dentro que hacía llorar a todos los que se le acercaban. «Mira, la niña cebolla. Llora que te llora. No te acerques o se te pegará el olor y el llanto. Ay, llorona…». Así que quedó condenada a encerrarse en esa cocina. Su vida era esa salsa. Una y otra vez.

Ahora la Llorona tiene olor a cebolla, los ojos pequeños de tanto llorar y los dedos llenos de cicatrices (cortes de cuchillo curados con zumo de cebolla).

Imagen: Pexels

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