Chavela

La Llorona empezó siendo la Cebolleta. La llamaban así los niños del barrio. «Todavía huele a la Cebolleta», decían por la mañana. Y siguiendo el rastro se asomaban a la ventana de la cocina. Ahí estaba, y seguiría estando días y noches, la Llorona con su berrinche crónico.

Aprendió a andar entre los pucheros del restaurante. Su madre le hacía repasar la lección mientras pelaba las patatas. Y recuerda el día que, con doce años, le quitaron la mayonesa de las manos. «Hoy eres mujer y si la tocas, la estropeas», le explicó su madre con las mejillas abochornadas. Avergonzada, con esa sangre entre las piernas, la Llorona se escondió en un rincón a cortar cebolla. La mezcló con pimentón, del mismo rojo que se le escapaba; con la albahaca y pimienta molida; tomate verde y aceite de oliva. Fue entonces cuando la Llorona empezó su berrinche. La cebolla se le metió por la nariz y le dejó llorar por primera vez. Así echó todo fuera y se limpió. Parte del lloro se le escurrió en la salsa. La sal exacta.

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Diario de insomnio

Confieso que me amputo el pelo porque no duele. Porque algo de mí es destruido y vuelve a renacer. Porque no es irreversible. Por eso duermo con un gorro, para que las ideas no se me escapen. Para que los sueños fabricados no se me vayan como suspiros.

Confieso que me cincelo estrías en mi cuerpo como quien marca cada día que pasa. Porque mi cuerpo se vuelve un mapa de viaje, un diario. Mi piel queda como un papel arrugado que no puede volver a alisarse.

Confieso que tecleo porque, a veces, se me inunda el pecho de las cosas que no sé explicar. Porque me ahogo en frases calladas, en sensaciones silenciadas. Porque a veces quiero llorar cuando algo es tan bonito que no lo puedo decir.

Pero ven, por favor. Dame la mano. Ayúdame a no caer. Que el mundo va a una velocidad diferente a la mía. Que no quiero parpadear y perderme algo o perderme yo. Que estoy sola en un vendaval. Dame la mano y vayamos al norte, que el frío nos queme. Nos despierte. Nos haga temblar. Yo seré el mapa. Tú serás la brújula.

Pero ven, por favor. Dame la mano y sácame palabras. Dime que todo está bien. Que a ti te pasa lo mismo. Tatúame las líneas que te salgan.

Pero ven, por favor. Abrázame sin prisa. Fóllame fuerte. Cómeme el alma. Pégame tu lengua. Que mis manos son pequeñas y necesito que sean las tuyas las que me toquen.
Pero ven. Y cuéntame lo callado. Cuéntame los lunares. Cuéntame los días. Cuéntame los pasos.

Porque ahora el frío no me quema, no me despierta. Porque me amputo el pelo. Me cincelo estrías. Me tambaleo en el vendaval.

Porque a veces soy nada. Porque a veces soy nadie. Porque los sueños se me escapan mientras respiro.

Fotografía: Beatriz Emperatriz

Humo

El querer siempre me había llegado con olor a humo.

Siempre me habían dejado la piel amasada con dedos de nicotina.

Los besos me dejaban tabaco en los labios y las despedidas estaban tapadas por una capa de humo, así me parecían más confusas, más borrosas.

Nunca terminaba de olvidar, porque el tabaco se había quedado abrazado a mi pelo, escondido en las esquinas del dormitorio y las colillas yacían en algún cenicero como el cadáver de un amor que no pudo ser.

Hasta que llegaste y no trajiste sabor a tabaco en tus labios.

Porque me sabes a dulce, a Nesquick frío (un vaso de los de mañana de verano) y a picante que se me queda en la punta de la lengua.

Y ya no se me queda la nicotina cosida a la piel. Porque me amasas la piel con tus manos de sal. Con el mismo cariño que se le da forma a la arcilla, con la misma fuerza que se amasa el pan.

Y me enseñaste que el querer no duele en el pecho. Que ese pinchazo en el corazón al despertar no era amor y ya tengo el alma hinchada, las caderas felices y los sueños titilando.

Respiro y no duele el corazón, no huele a humo atrapado en las esquinas ni es las costillas. Huele a mañana de domingo, a la sal de tus recodos, a la lluvia a punto de romper dentro de mí.

Aleteo

He aprendido a vivir con un aleteo en mi pecho.

Mejor dicho, a sobrevivir con él.

El revoloteo sobre mis costillas no me deja dormir y cada día siento que la batida de las alas es más grande que la de ayer.

Suele ser un gorrión el que hace el nido entre mis pulmones.

Mi cuerpo es su jaula y lo único que quiere es salir de mí.

Por eso golpea con fuerza y llega a picotear rápido y profundo hasta llegar al corazón.

A veces quiero llorar por el daño que me hace, pero también por sentirle encerrado.

Sólo quiero que el gorrión vuele libre, que abandone el nido que se ha hecho con mis miedos bañados en cortisol.

El aleteo del gorrión es constante, pero, en ocasiones, también llega un buitre carroñero dispuesto a merendar mis sueños putrefactos y mi rutina hilvanada.

Y ahí siento que la jaula va a romperse, pero no saldrá el gorrión volando libre. Saldrá el buitre con mi alma resbalándole de su pico.

Por eso hago fuerte mi jaula, hago fuerte mi coraza para que el buitre no me destruya.

Pero el pequeño gorrión sigue atrapado, golpeando sus alas contra la jaula. ¿No lo oyes? Su aleteo es fuerte, es desesperado.

Por eso mis manos tiemblan, por eso mi ojo parpadea.

Y yo inspiro y expiro, buscando que el gorrión sea libre.

Ojalá encuentre el camino por mi pecho y termine huyendo por mi boca. Así se me quedará en la lengua el sabor de la libertad.

 

 

Imagen: Pexels

Tu otoño

Decías que era tu otoño.

Que el cuerpo lo tenía relleno de hojas crujientes.

Que mis ojos estaban caídos como las hojas, que se dejan mecer hasta caer.

Que mi alma te saciaba la sed como lluvia fría.

Decías que era tu otoño.

Porque llegué (y llegaba) despacio.

Porque había aparecido tras un verano ardiente.

Porque reencontraste el gusto por estar bajo una manta y no requemándote por el sol.

Fui tu otoño.

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Nunca lo sabrás

Ayer volví a pasar cerca de la casa.
Sólo la vi a lo lejos, no me atreví a pasar por la puerta.
No dejo de preguntarme si las paredes seguirán teniendo tu risa pegada en las esquinas y si la bañera seguirá llena de tu nombre.
Esa bañera en la que me asomaba como un gato curioso a mirarte mientras pintabas todo con perfume de café, negro y dulce.
Nunca sabrás que, a veces, estás conmigo en mi mente y en mis dedos.
Cuando me devora la cama vacía.
Cuando mis manos se pierden en mí mientras te pienso y paso mi lengua por tu cuerpo imaginado.
Nunca lo sabrás, pero tu sabor se me quedó a vivir en las entrañas y tus dedos están cincelados en mis caderas.
Cuando te miro, te sonrío.
Cuando te callo, trato de ahogar el recuerdo.
Nunca lo sabrás, pero no hubo café más dulce que el tuyo.
Nunca lo sabrás, pero la huella de tu mano y la mía siguen dibujadas en el cristal de la ventana.
Nunca lo sabrás, pero el recuerdo de tu mano sigue guiando a la mía.
Nunca lo sabrás, porque te callo y os sonrío.

 

Imagen: Eternal sunshine of the spotless mind (2004) – Anonymous Content, This is That, Focus Features

Cuando me besas

Cuando me besas, tu lengua me viene como una ola de sabor a granada, a fruta madura y tu saliva me empapa el alma.

Cuando me besas, me dejo cubrir por tu mirada. Por esos ojos como los del poema de Machado, ojos de noche de verano.

Mi cuerpo se sacude como si un rayo cruzase mi columna, mis brazos y mis pies para terminar muriendo en mis muslos. Un rayo que palpita hasta callar entre mis piernas.

En mi tripa no hay mariposas. Son garzas las que aletean en mis vísceras y vuelan hasta mi pecho.

Ahí anidan, ahí graznan y ahí me picotean por dentro.

Por eso me late el corazón más fuerte. Son sus picotazos los que marcan mi pulso, ¿no lo notas?

Por eso me brillan los ojos, porque hasta ahí llega el reflejo de ellas volando en mi garganta.

Por eso siento que floto, porque las garzas alzan el vuelo dentro de mí.

Y estas plumas no las sacamos del edredón mientras damos vueltas. Son las plumas que caen cuando las garzas baten alas al verte llegar.

Porque no, en mi tripa no hay mariposas, tengo garzas blancas aleteando en mis vísceras.

En el hueco entre los pulmones y el corazón, guardo su nido.

Saint-Gervais

Matilde tiene la mirada triste que se le queda a quien vive con el corazón remachado. Aunque sonríe, aunque los ojos le brillan, su mirada está empapada de otoño.

Ella lo sabe. Sabe que el pecho lo tiene mullido de hojas de olmo. De ese olmo de Saint-Gervais. Y por su cuerpo corre la savia roja de ese árbol que descubrió un otoño en París.

Fue ése el mes en el que se le astilló el alma y todavía hoy se le siguen escapando sus pedazos en forma de huesos picudos.

Pasó hace años. Antes de que a Matilde el pelo se le volviese nieve, pero bastante después de que llegasen las primeras arrugas alrededor de sus ojos. Como zanjas del campo que llevan el agua, a ella las arrugas le marcaban el curso del llanto y del sudor por la cara.

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Tu recuerdo

Tu recuerdo se me quedó en el pecho como una semilla. Una simiente de dolor y anhelo.

Se me quedó pinzada entre el alma y la garganta, entre las vísceras y el corazón.

Por eso, sus raíces se amarraron a mis tripas y fue creciendo hasta mi garganta. Por eso no comía. Por eso no podía ni hablar. Por eso no podía ni respirar.

Tu recuerdo se hizo grande, creció hasta apoderarse de mis pensamientos, de mis ganas y de mi sexo.

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